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EL NACIONALISMO SIN VÍA DE RETORNO

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Gabinete del Dr. Victor Paz Estensoro en su último gobierno (1989-1993).Meses después dictaría el Decreto 21060 que marco una nueva etapa neoliberal.

Ya en 1977 y 1978 el Producto Interno Bruto (PIB) mostraba un dinamismo menor que en el quinquenio precedente, pues creció apenas al 1.53% y 1.42% respectivamente. Sin embargo coincidiendo con el fin de los gobiernos militares a principios de los años 80 y la experiencia de la izquierdista UDP, la situación se hizo verdaderamente alarmante. De hecho, en lo que bien puede llamarse una “década perdida”, el PIB solo encontró rendimientos negativos entre 1979 y 1989.

Cuando la UDP finalmente accedió al Palacio Quemado, aquellas favorables condiciones que explican el auge banzerista, simplemente cesaron: en primer lugar la situación externa se torno completamente desfavorable, los precios de los minerales cayeron en el mercado mundial, así por ejemplo el precio real del estaño, principal rubro mineral de exportación, paso de 7.61 dólares la libra fina, su cotización en 1982 a 4.68 dólares en 1985. La crisis minera, contribuía a cambiar la estructura de las exportaciones. Estas por décadas en rigor desde la era colonial, habían descansado en la minería, pero para 1982 fue desplazado por el gas natural. Mientras en 1980 las exportaciones mineras representaron el 61.9% del total, el gas natural implicaba un 21.3%, para 1985 estos mismo rubros representaban un 39,21% y un 44,95%, respectivamente.

El efecto mas notorio de esta situación fue una disminución en los ingresos de divisas por exportaciones, los cuales se redujeron de 827.7 millones en 1982 a 628,4 millones en 1985. A esta situación ya de por si desfavorable se sumo la obligación –fruto de las nuevas condiciones financieras externas- de cancelar la abultada deuda externa contraída la década anterior, destinando para ello entre el 31.3% (1982) y el nada despreciable 42.1% (1984) del valor total de las exportaciones por bienes y servicios, al servicio de la deuda, mermando aun mas, y con un signo dramático, la disponibilidad de divisas. Finalmente, las empresas estatales, mal administradas, burocratizadas y fuente de corrupción, financiera quebraron aunque continuaron funcionado merced al soporte gubernamental, con el resultado de agudizar el déficit fiscal. Esta combinación irresistiblemente se tradujo en una hiperinflación, la séptima más grande en la historia del mundo. El índice de Precios al Consumidor (IPC) que mide las variaciones en los precios de los diversos bienes y servicios, trepo así espectacularmente del 47.2 en 1980, (valor que ya era significativo frente a los promedios de la década precedente de un 10.6%) al 20,560.9 en 1985.

Irremediablemente el huracán de las crisis envolvió a toda la sociedad, tocando con sumando negro principalmente a los sectores de menores ingresos. En efecto, en 1985, el salario real nacional representaba apenas un 32,1% de su valor en 1980, mientras que furibunda inflación acabo con los depósitos monetarios de miles de pequeños ahorristas.

El ejercicio udepista, basado en la “teorización” del “enfoque histórico” desarrollada por el MIR, asumía la necesidad de reflotar los lideres (Hernan Siles Zuazo) y la práctica política característica del nacionalismo revolucionario. O dicho de otro modo, profundizar la “revolución nacional” trucada por el ciclo militar autoritario. Desafortunadamente para ellos, y pese a la advertencia en ese sentido realizada por el ala mas radicalizada de la izquierda, el PS-1, las bases sociales y económicas para reeditar la experiencia insurgente se habían socavado irreversiblemente. El fracaso de su conducción, hecha a nombre del estatismo y la democracia participativa, nudos fuertes del discurso revolucionario desde hacia por lo menos medio siglo, termino por relativizar su fortaleza y convocatoria en la mente de miles de bolivianos y bolivianas. Cansados de continuas huelgas y protestas callejeras, temerosos por los resultados negativos de una economía sin aparente control, empezaron a apagarse las fervorosas expectativas de diversos sectores populares y las clases medias radicalizadas. Como se encargarían de demostrarlo las elecciones de junio de 1985, muchos de ellos viraron, quizás en busca de refugio y certezas, hacia posiciones más conservadoras.

Todo lo precedente, finalmente el cansancio y disgregación de la efervescencia nacional popular acumulada desde 1952, alude solo a una parte de la trama que culminara en 1985, con el desmoronamiento del modelo nacionalista de Estado y sociedad.




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