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EXPULSIÓN DE LOS JESUITAS

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Gaspar Melchor de Jovellanos fue uno de los ideólogos de la Ilustración Española. En América estas ideas se difundieron pese al sistema de censura a los libros Retrato pintado por Goya en 1798

  • EL PATRONATO BORBONICO

En la época de los Habsburgo, los reyes habían actuado haciendo uso de atribuciones concedidas graciosamente por los Papas, pero que no constituían en si derechos de la monarquía, situación de la cual los monarcas eran perfectamente conscientes, evitando, por ello, caer en odiosos extremos. Los Borbones, en cambio, pretendieron consolidar el Patronato, e incluso ampliarlo, movidos por ideas regalistas de un matiz dieciochesco. La base de sustentación estaba en que el Patronato no se originaba en la Santa Sede sino que era propio e los Reyes, en atención a sus derechos de soberanía; la jurisdicción de los asuntos religiosos pertenecía, por lo tanto, al Rey y a los Obispos del reino, pero en ningún caso a Roma.

  • EXPULSIÓN DE LOS JESUITAS

Seguramente, la medida más notoria que los Borbones toaron dentro del Patronato Real fue la expulsión de los jesuitas en 1767. Como hemos dicho al comienzo de este estudio, no fueron los únicos monarcas europeos en decidirlo, pues solo actuaron como continuadores de portugueses y franceses en esta política. Las consecuencias de la expulsión fueron, sin embargo, las más graves que pudieron sufrir las Coronas Europeas.

Los jesuitas, desde el comienzo, tuvieron gran influencia religiosa, puesto que pudieron penetrar muy eficazmente en la educación intelectual de universidades y colegios, en la formación técnica de artesanos, orfebres, artistas, talladores, etc. Así como en el desenvolvimiento de la vida familiar y social de los centros mineros.

Con arquitectos, ingenieros, educadores y maestros de arte traídos de Europa, pudieron enseñar sus procedimientos en América, creando trabajos y enseñando oficios.

Con el espíritu moderno que caracterizo a la Orden desde su nacimiento, inspirado por San Ignacio de Loyola, permanecieron siempre activos, creando industrias, formando haciendas y levantando obrajes, todo cual les dio gran poder económico.

Tal vez donde mas se noto la eficacia de su espíritu empresarial fue en las Misiones, verdaderos pueblos, originalísimos en su estructura comunal, donde convivieron los indígenas con “los Padres”. Estas misiones se extendieron especialmente en las zonas fronterizas o en regiones imposibles de conquistar o aisladas casi totalmente por selvas y ríos. A ellas no podían penetrar las autoridades españolas ni los encomenderos ni los agentes comerciales. El comercio que generaron no pasaba por aduanas ni trámites fiscales y fue siempre floreciente, activo y fructífero, yendo a parar todas las ganancias a la comunidad indígena que las producía.

La expulsión de los jesuitas, realizada con tanto misterio y secreto, el mismo día y la misma hora en todos los reinos americanos, dio fin bruscamente a uno de los ensayos mas interesantes que hayan podido plantearse en el terreno socio-cultural, religiosos y económico, proyectado en estilo de convivencia hispano-indígena absolutamente pacifico y con huellas valiosas y profundas que pudieron subsistir hasta nuestros días. Otras órdenes religiosas se encargaron de ello, después de la expulsión, pero solo tuvieron éxito cuando prosiguieron el trabajo en la tónica jesuítica de profundo respeto a la tradición, la misma que los actuales pobladores de esas regiones no quieren olvidar ni reemplazar en su esencia, aun cuando admitan la modernización en otros aspectos prácticos de la vida nacional.

También influyeron en las decisiones monárquicas las ideas ilustradas, sostenidas por las logias masónicas que siempre miraron con recelo la influencia jesuítica, en cualquiera de los campos en que interviniera.

Los Borbones lograron imponer su criterio; los jesuitas salieron de toda América y España. La aristocracia criollo-española se beneficio con tales medidas, puesto que muchos de sus integrantes pudieron adquirir a precios muy convenientes las haciendas, talleres y obrajes de la Orden.

Los expatriados serian, lógicamente, los mejores elementos para difundir las ideas, que tan pronto iban a madurar, sobre la Independencia. Miranda y Pitt no dejaron de utilizar sus argumentos y poco después de la expulsión, el jesuita Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, en su Primer Manifiesto de la Independencia, lanzo esta frase: “…un Continente infinitamente mas grande que España, mas rico, mas poderoso, mas poblado, no debe depender de aquel reino, cuando se halla tan remoto y menos aun, cuando esta reducido a la mas dura servidumbre”.




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