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INTRODUCCIÓN REVOLUCIÓN NACIONAL

Volver a: Revolución Nacional: Un legado trizado 1964-1988

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Victor Paz fue derrocado en 1964 por su vicepresidente René Barrientos Ortuño.

La visión ideológica que se opacaba en ese momento se había gestado en los años ’40. Una vez concluido el conflicto bélico del Chaco (1932-35) que envolvió a boliviano y paraguayos, logrando materializarse abundantemente tras la insurrección popular de abril de 1952. Su presencia era tan fuerte en los discursos y practicas políticas e incluso el sentido común, que había logrado sobrevivir aun durante el derechista gobierno militar presidido por Hugo Banzer Suárez (1971-78). Empero a mediados de los ’80. La prerrogativa estatal de controlar el funcionamiento económico quedo seriamente cuestionada. Otro tanto aconteció con la filosofía re-distributiva y paternalista típica del populismo nacionalista, y que hacia de salud, la educación y la vivienda sentidas responsabilidades estatales. En su sustitución fueron llamados mercado y los empresarios privados que se alzaron como rectores de la nueva realidad económica, política y social en vías de concreción.

Frente a este brusco viraje, la Central Obrera Boliviana (COB), fundada el 17 de abril de 1952 sobre los fusiles todavía tibios de fabriles, mineros y artesanos, intento reeditar métodos y lógicas de presión que le habían sido muy favorables para bloquear a los gobiernos militar y confrontar a la UDP. Armada de mucho valor la entidad sindical dispuso un “paro nacional indefinido”, acompañado de movilizaciones y huelgas de hambre, con el objetivo ultimo de exigir la derogación del Decreto. La acción no duro mucho ni fue contundente, prácticamente declinaba cuando el gobierno decreto “Estado de sitio”, apreso y confino a decenas de dirigentes sindicales y políticos. Aquella fue la primera sindical boliviano que solo conocía de sinsabores producidos por la fuerza militar. A partir de allí y hasta el momento, la otrora poderosa COB nunca pudo lidiar con ventaja con los sucesivos gobiernos constitucionales.

No era fácil darse cuenta que la derrota cobista en su demanda de conservar el estatismo y las políticas redistributivas expresaba mucho más que un simple accidente coyuntural. En propiedad sucedía, como quedaría claro mas adelante, que las tradicionales relaciones de oposición entre Estad/sindicatos –qué en su momento algunos teóricos y analistas políticos se animaron denominar como una “dualidad de poderes” y otros de “empate histórico”-, se resolvían a favor del primero.

Ello hacía aún más evidente, habida cuenta además del desmoronamiento del intervencionismo estatal en aras del liberalismo, que el sistema del 52, por lo menos en sus aspectos más visibles y álgidos, se estaba trizando. Para entender el devenir de este proceso debemos remontarnos por lo menos a los años ’60.




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