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LA ECONOMÍA Y LA SOCIEDAD POST-REVOLUCIONARIA

Volver a: Revolución Nacional: Un legado trizado 1964-1988

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Juan Lechín Oquendo, cuando se separó del MNR fundó el partido revolucionario de izquierda nacional (PRIN).










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René Barrientos, bajo el amparo de la "Doctrina de Seguridad Nacional" reprimió a obreros y estudiantes, y abrió las puertas de la minería y el petróleo a la inversión extranjera.

La revolución Nacional constituyo un modelo económico cuyo eje fue la minería, en particular la nacionalizada. En efecto, la estructura de la exportaciones bolivianas entre 1950 y 1965 evidencia que en promedio un 93.7% de ellas se originaba en el sector extractivo de minerales, típico de una situación monoproductora, que se mantuvo casi inalterable hasta 1970.

Dentro del marco del nacionalismo revolucionario vigente, se asigno al Estado la importante función “tutelar” consistente el la atribución de regular y promover el desarrollo económico, fijar precios de las divisas, salarios, tasa de interés, etc. Mientras que por otra parte se hizo cargo, mediante subsidios y subvenciones, de la reproducción de la fuerza de trabajo, responsabilizándose de la calidad y cobertura de la salud, la educación y la vivienda.

Su presencia fue tan amplia que el ritmo de la actividad económica dependía de la presteza de sus respuestas y modo de comportamiento frente a alas necesidades de la economía boliviana. Usando las divisas que le proporcionaba la recientemente minería nacionalizada y desde 1954, la ayuda externa, el MNR impulso una política de Sustitución de Importaciones, relativamente exitosa. El propósito no fue otro que reducir el monto de las importaciones, en rubros, azúcar, petróleo, etc. , que Bolivia podía producir por si misma, aunque no se alcanzo a industrializar el país. Es claro que la denominada “industria manufacturera”, no mostraba en 1965 una estructura mucho más amplia y diversificada que en 1950. De hecho su participación en el Producto Nacional era del 12.0%, en contraste con el 14.3% que tenia en 1950; el sector petrolero en cambio, acusaba un dinámico incremento pasando su participación del escasísimo 0.8% en 1950 al 4.0% en 1965.

Ahora bien, la particularidad del “modelo del 52” estribó no sólo en su acentuado estatismo, sino en el protagonismo popular que lo defendió y le dio forma. No es exagerado decir que sin el hecho insurreccional de abril, la historia sindical, la estructura social y la propia política boliviana hubieran tenido un curso totalmente distinto. El levantamiento constituyo, en tal sentido, el mecanismo que abrió las puertas a la participación de obreros, campesinos y sectores empobrecidos, desplazando a las clases tradicionales y oligárquicas. Gracias a ello la COB y los sindicatos, principalmente los mineros, adquirieron enorme capacidad de presión en el campo político, sustituyendo paulatinamente a los partidos como intermediarios entre la población y el gobierno. De tal suerte que éstos no se limitaron, como otros similares en el mundo, al simple rol de levantar la s demandas sociales de sus afiliados.

De esta inédita posibilidad sindical de hacer política por y para si misma, junto a la amplitud de las funciones estatales, nació un sistema hipertrofiado compuesto de dos actores principales con relaciones fuertemente politizadas y frecuentemente contradictorias; el Ejecutivo y la COB. El resto de entidades a duras penas pudo colocarse en los intersticios de este sistema institucional, salvo posteriormente las fuerzas Armadas. Derrotadas y destruidas en abril de 1952, estas lograron recomponerse en la medida que la base popular que había hecho posible la Revolución Nacional se dispersaba. Los mineros, por ejemplo, desengañados por la política del MNR habían contribuido a su derrocamiento el 4 de noviembre de 1964. Por otra parte, los estudiantes fuertemente radicalizados (y traumatizados) con la experiencia socialista cubana y las teorías foquistas del Ché Guevara (1967) adquirían independencia frente al nacionalismo revolucionario para abrazar la causa del “socialismo revolucionario”. Solo los campesinos se conservaban leales al hecho revolucionario, pero su actitud era más bien pasiva.

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