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POESIA

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Esta es una fotografía de los llamados los creadores de la Literatura boliviana, de izquierda a derecha: Alcides Arguedas, Juan Francisco Bedregal, Amando Chirveches y Abel Alarcón.










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Oscar Cerruto;sus cuentos inauguran la narrativa moderna boliviana.










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Adolfo Costa Du Rels, novelista y dramaturgo boliviano. Suobra teatral "El quinto caballero" alcanzó en el Teatro Hébertot de París cerca de 300 representaciones en 1964.

Franz Tamayo (1879-1956); Ricardo Jaime Freyre (1866-1933) y Gregorio Reynolds (1882-1947) son los tres nombres infaltables para referirnos nuestro modernismo. Fieles a la línea de este movimiento, estos autores concentran sus preocupaciones no ya en los referentes inmediatos, sino en la creación de mundos imaginarios: el paisaje, por ejemplo, tiene en la escritura de Tamayo y Reynolds, sentidos que difícilmente pueden ser pensados como un “reflejo” de lo real; y la historia, especialmente en Tamayo, cobra por medio de la analogía con el mundo clásico, dimensiones míticas. En la poesía de Freyre la preocupación por una “realidad nacional” es sencillamente nula. La poesía, ya desde este tiempo y a diferencia de la narrativa, va creando un espacio propio.

De igual importancia, aunque menos conocida, la poesía de José Eduardo Guerra (1893-1943); Antonio Avila Jiménez (1898-1965) y Guillermo Viscarra Fabre (1901-1979) no sólo significo el fin de la estética modernista (en muchos aspectos Guerra la continúa) sino la aparición de poéticas concentradas, cuyo uso del lenguaje se opone a la mera artesanía verbal y permite la develación y revelación de sentidos nuevos de la existencia, de esta forma, la poesía muestra una función diferente a la asignada a la narrativa; por esto cabe relativizar la idea central con la que venimos viendo nuestra literatura: en poesía no es posible hablar de tensión entre el cumplimiento o el alejamiento de la exigencia de reflejar la realidad; sería más pertinente repetir lo que E. Mitre en alguna otra parte ha sugerido: una división entre voces públicas y políticas por un lado, y voces líricas y subjetivas, por el otro.

En la poesía durante los años 60 están principalmente tres poetas: Oscar Cerruto, Jaime Saenz y Edmundo Camargo (1936-1964). La historia de Cerruto ayuda a entender mejor el proceso de nuestra literatura. Cerruto inicia su escritura escribiendo poemas revolucionarios; a sus veintitrés años publica Aluvión de fuego, novela donde la ideología del autor es fácilmente detectable y que nosotros la ubicamos también dentro de la tendencia realista. Pero tendrán que pasar veinte años para que Cerruto vuelva nuevamente a publicar, esta vez, sin embargo, su idea de la literatura ha variado notablemente, sus cuentos, como ya se dijo, inauguran la narrativa moderna boliviana y su poesía está llena de gran pesimismo y amargura. La poesía de Cerruto es una gran pregunta sin respuesta, toda posibilidad de esperanza está prácticamente clausurada. Otro de los poetas importantes es Jaime Saenz. A diferencia de Cerruto, la obra de Saenz es constante. En Saenz una dimensión ajena a los ojos simples toma una importancia determinante. El misterio y la trascendencia pueden ser palabras que la caracterizen. La poesía de Saenz, arbitraria muchas veces, es muestra de un destino individual cuyo deseo de conocimiento verdadero e identidad no elude caminos difíciles y hasta a veces dolorosos. Por último está Edmundo Camargo, un solo libro publicado póstumamente. Del tiempo de la muerte (1946). En Camargo está presente la influencia de la escuela surrealista. Su escritura recuerda mucho a la de Vallejo. La originalidad esta, sin embargo, en la visión permanente de la muerte las palabras transfiguran lo que nombran y en esto la realidad parece mostrar su verdadero rostro.

Luego viene un gran número de poetas importantes. Aquí nombraremos tan sólo a algunos: Pedro Shimose (1940), Eduardo Mitre (1943), Blanca Wiethüchter (1947) y Humberto Quino (1940). El camon de Pedro Shimose puede compararse al de Cerruto. Shimose puede compararse al de Cerruto. Shimose tiene un comienzo donde la confianza en el lenguaje y en la literatura carece de una actitud crítica. El poeta, en este tiempo, habla por muchas voces -principalmente la de los oprimidos - y nombra muchas realidades. Esta etapa de Shimose puede ser relacionada con la tendencia realista de nuestra narrativa. En su última producción, en cambio, Shimose encuentra una poesía más íntima. De la grandilocuencia de su primera época, pasamos a la de una voz más parca, de versos más cortos, consciente de que el oficio de escritor no es el de profeta, ni el del pedagogo.

Otro poeta importante es Eduardo Mitre; Uno de nuestros pocos poetas que también es ensayista, lo que le permite mayor rigor en su escritura. La poesía de Mitre aparece por primera vez el deseo y el erotismo; su poética –al menos en Morada (1972)- es también una erótica la comunión con los cuerpos: el cuerpo de la amada o el cuerpo del poema. Existe también la conciencia de la finitud de los cuerpos: la muerte de los seres queridos, la transformación de los lugares queridos. En esta dialéctica se mueve la poesía de Mitre; hoy ya más alejada de la experimentación y más cerca de la nostalgia.

Blanca Wiethüchter parecen inmunes al tiempo, y a pesar de sernos familiares, nos extrañan. Esto en razón a que las palabras y la imágenes que los nombran (a veces herméticas y a veces simples) les dan siempre una luz nueva.

La poesía de Quino, en cambio, está –como la de Cerruto y Shimose- marcada profundamente por la historia. En Quino también hay un cambio. Su poesía, al principio llena de grandes gestos, comienza denunciando el poder (gobernantes, militares, burgueses, curas, etc.) y viendo en éste la causa de la desdicha del hombre. Es sabido que en toda denuncia está una supuesta superioridad moral, por esto la poesía de Quino, al igual que nuestro realismo, deja de tener sentido una vez que el poder ha cambiado de manos, en su última producción, sin embargo, hay una diferencia radical que posibilita una poesía de mayores alcances: el poder y los males de la vida son parte de la condición humana; así la denuncia ya no tiene un blanco y se convierte, en cambio, en una permanente y ácida autorreflexión.

Como en el caso de la narrativa, aquí tampoco podemos nombrar las últimas publicaciones. Baste decir que éstas no niegan, más bien confirman la riqueza de nuestra tradición poética.




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