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POTOSÍ: SUPREMA CIUDAD DEL AUGE

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El cerro de Potosí

                                      *LEWIS HANKE

Ninguna ciudad sobre la vasta haz de las indias occidentales ganada para el rey de España excepto México, acaso – ha tenido un curso más sugestivo, o más importante que Potosí, en el virreinato del Perú. La colorida historia de esta ingente montaña de plata comienza cuando el Inca Huayna Capaj quiere excavarla, casi un siglo antes que lleguen los españoles. Cuenta la leyenda que un ruido terrorífico lo paralizo y una voz misteriosa le ordeno en quechua “no saquéis la plata de este cerro que esta destinada para otros dueños”. Los conquistadores no escucharon en 1545 un mandato semejante, al tener noticias sobre el rico mineral argentífero por unos indios que lo habían descubierto accidentalmente, y es indudable que aun escuchándolo no habrían vacilado en reputarse dueños absolutos en derecho. Comenzaron pues, a trabajar de inmediato al Potosí, que iba a ser uno de los centros mineros mas celebrados de la historia del mundo.

Buscadores de tesoros llovieron de España y otras muchas partes, sobre este yermo e inhóspito paraje peraltado para extraer la plata del Cerro, montaña en forma de pan de azúcar, que se yergue majestuosamente a una altura de 4890 sobre el nivel del mar. El primer ceso hecho por el virrey Francisco de Toledo unos veinticinco años después que la nueva de la veta relumbrara por primera vez en el mundo, sumo el monto increíble de 120.000 habitantes. Hacia 1650 la población había subido a 160.000 almas, se dice y Potosí era sin disputa la ciudad mayor en América del Sur, cuando las colonias de Virginia y Massachussets Bay Colony eran apenas unas criaturas balbuseantes inconscientes de su medro futuro, Potosí había prodigado ya tal cantidad de plata, que su sólo nombre constituía un símbolo universal de riqueza inaudita, según advierte don Quijote a Sancho Panza. Lo decían los españoles: “Vale un Potosí”. La frase as rich as Potosí se hizo corriente en la literatura inglesa. Al cabo de una generación después de su descubrimiento, las astronómicas cantidades de plata extraídas de allí eran conocidas por los enemigos de España y otros pueblos en rincones alejados del mundo. Los portugueses, rivales siempre alerta de España, marcaron pronto a Potosí en sus cartas geográficas, y hasta en el mapamundi chino del padre Ricci, figura en su posición correcta con el nombre de Monte Pci-tu –hsi.

La prosperidad duro unos dos siglos. En su transcurso, la villa Imperial –tal el titulo que oficialmente le impuso el emperador Carlos V- fue habitada por una sociedad tan rica y desordenada como el mundo apenas había visto antes. El vicio, la piedad, el crimen, las fiestas de los potosinos, todo asumía allí proporciones enormes. En 1556, por ejemplo, a los once años de su fundación la villa celebro la coronación de Felipe II con un festejo que duro veinticuatro días y costo ocho millones de pesos. En 1577 se invirtieron tres millones de pesos en formidables obras hidráulicas, progreso que anuncio una era de prosperidad aun mayor.

Hacia el fin del siglo XVI, los mineros ganosos de esparcimiento podían elegir entre catorce escuelas de baile y treinta y seis casas de juego y tenían un teatro cuyos asientos costaban de cuarenta a cincuenta pesos. Poco después celebrando un acaecimiento eclesiástico, uno de los gobernadores organizo una “grandiosa fiesta”, en la que exhibió un jardín hecho ex profeso, “encerrando en su clausura cuanto animales fieros tuvo el arca de Noé […]. Hubo cañas que manaban vino, chicha y agua a un tiempo. El cronista agustino del siglo XVII, Fray Antonio de la Calancha, declara: “predominan en Potosí [..] los signos de libra i Venus i casi son lo mas que inclina a los que allí habitan a ser codiciosos, amigos de música i festines, i trabajadores por adquirir riquezas, i algo dados a gustos venereos”. Las escasas noticias hoy a mano destacan en forma parecida los placeres carnales que brindaba el rico asiento argentífero, así como los raros, admirables y milagrosos sucesos de su tumultuosa historia. Puede decirse que nuestro conocimiento sobre Potosí yace aun en el estadio folklórico.

Por muchos años Potosí fue la suprema ciudad del auge y de la turbulencia. La traición, el homicidio y la guerra civil florecieron como fruto natural del juego, la intriga, la enemistad entre españoles peninsulares y criollos americanos y la rivalidad por el favor de las mujeres. La riña cruenta llego a ser un pasatiempo, una actividad social reconocida. Hasta los cabildantes concurrían a los acuerdos armados con espadas y pistoletas y protegidos con petos y cotas. El dominico fray Rodrigo de Loayza caracterizo “aquel maldito cerro de Potosí” como una zahúrda de iniquidad, mas el virrey Garcia Hurtado de Mendoza declaro por su parte que el asiento era el nervio principal de aquel reino”.




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