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UN VIAJERO FRANCES EN BOLIVIA

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ALEJANDRO DE HUMBOLDT
     Alcide Dessalines D’orbigny

Alcides D’Orbigny(1802-1857) recorrió Bolivia durante el Gobierno de Santa Cruz su obra de geógrafo y naturalista fue en su época, el mas acreditado documento para conocer América del sur

“Cobija, puerto de Bolivia, me saludo desde luego con el imponente aspecto de las montañas que lo coronan. Poco después me desembarque en Arica para dar principio a mis viajes de tierra. Abandonando bien pronto las costas, me encamine a Tacna, y en seguida emprendí mi ascensión a las cordilleras por el camino de Palca y de Tacora; mas, en vez de tropezar allí con esas empinadas y agudas crestas, que se ven figuradas en los mapas, me encontré sobre una dilatadísima planicie, colocada a la altura de cuatro mil quinientos varas sobre el nivel del mar, y en la que únicamente se apercibían de trecho en trecho algunas moles cónicas cubiertas de nubes.

Atravesando este encumbrado llano, vine a encontrarme luego en la cima de cadena de Chulluncayani. Al contemplar desde allí la dilatadísima extensión que se desplegaba ante mis ojos, y la tan grande variedad de objetos que las miradas alcanzaban a dominar a la vez, yo saboreaba un sentimiento de indefinible admiración.

Es cierto que se descubren paisajes mas pintorescos en los Pirineos y en los Alpes; pero nunca vi en estos un aspecto tan grandioso y de tanta majestad. El altiplano boliviano, que tiene más de treinta leguas de ancho, se dilataba a mis pies por derecha e izquierda hasta perderse de vista, ofreciendo tan solo pequeñas cadenas paralelas, que parecían fluctuar como las ondulaciones del Océano sobre esta vastísima planicie, cuyo horizonte al noroeste y al sudeste no alcanzaba yo a descubrir, al paso que hacia el norte veía brillar, por encima de las colinas que lo circunscriben, algunos espacios de las cristalinas aguas del famoso lago de Titicaca, misteriosa cuna de los hijos del sol.

De la otra parte de tan sublime conjunto se divisaba el cuadro severo, que forma la inmensa cortina de los Andes, entrecortados en picos agudos, representando la figura exacta de una sierra. En medio de estas alturas se levantaban el Huayna Potosí, el Illimani y el nevado de Sorata mostrando su cono oblicuo y achatado, estos tres gigantes de los montes americanos, cuyas resplandecientes nieves se dibujan, por sobre las nubes, en el fondo azul oscuro de ese cielo el mas transparente y bello del mundo. Hacia el norte y el sud la cordillera oriental va declinando poco a poco hasta perderse totalmente en el horizonte. Si me había yo sentido lleno de admiración en presencia del Tacora, aquí me hallaba transportando, y sin embargo no era esta sino una de las faces de aquel cuadro; pues volviendo hacia otra parte, se me revelaba un conjunto de no menores atractivos. Yo descubría aún el Chipicani, el Tacora y todas las montañas del llano occidental, que acababa de trasponer, y sobre las que mi vista se había tantas veces detenido durante los tres días de mi tránsito por la cordillera.

Baje al altiplano boliviano, situado aún a la altura de cuatro mil varas sobre el nivel del mar, y que es la parte más poblada de la república. Llegué a la ciudad de La Paz, la antigua Choqueyapu (campo de oro), nombre que, por su abundancia de minas en este metal, le dieron los Aymaraes.

Este valle favorecido por la proximidad de los Yungas y que se encuentren a tres mil setecientas varas de elevación, ostenta a un mismo tiempo en sus mercados todos los frutos de los países fríos, de los templados y de la zona tórrida. Escribí inmediatamente al gobierno, remitiéndole mis cartas de recomendación. En respuesta me ofreció el su protección, y fondos si los necesitaba, proponiéndome además un oficial del ejercito y dos jóvenes para acompañarme. No queriendo abusar de tan generosas ofertas, acepté, con la mayor gratitud, solamente los dos últimos, así como las facilidades de transporte por toda la república; y desde aquel instante, me consideré ya seguro de poder recorrer con fruto esta bella y rica parte del continente americano ”.




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