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UNA MINERÍA DESTRUIDA

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El comisioando Pentland confirma que si en una época existía en el cerro de Potosí gran cantidad de minas -aun- que aclara que no tenían semejanza con las de Europa, porque se trataba de "pozos estrechos y tortuosas galerías trabajadas in ningún sistema siguiendo los minerales donde se los puede encontrar"- en 1826 estaban en trabajo apenas seis. "Muchas se han derrumbado, otras han sido abandonadas mientras varias permanecen inundadas sin que su propietarios tengan los medios de extraer el agua; en enero de 1827 sólo seis minas, hablando en propiedad, estaban en estado activo, proporcionando minerales que contienen entre tres a cuatro onzas por 100 libras, mientras que la gran masa de plata que Potosí ahora produce se obtiene de dos clases de minerales llamados Pacos y Rodados, recolectados en la superficie de la montaña y que fueron rechazados como muy pobres en tiempos de la gran prosperidad de las minas".

En la llamada "Ribera" de Potosí existían 15 ingenios, cada uno de los cuales producía de 80 a 100 marcos por semana. En 1826, los mencionados 15 ingenios dieron una producción de 53.130 marcos (cada marco equivalía a media libra española, es decir, 233 gramos), mediante el trabajo de 2.000 personas. Se calcula que la explotación clandestina de la plata hacía subir esa cantidad de 100.000 marcos, con un valor de 900.000 dólares. Había esperanzados y fundados cálculos de que la producción en el año siguiente de 1827 ascendería a 1.300.000 dólares. Por estos dados se ve que la proporción de la plata no registrada y que, por tanto, no pagaba impuestos, era la misma que en la época de la administración pernínsular, es decir, una mitad de la producción total.

En todo caso, la producción no era ni remotamente cercana a la que alcanzó durante las épocas de auge. Ese hecho se debía principalmente a dos factores; la rudimentaria tecnológica empleada en la explotación que impedía un mayor rendimiento y ocasionaba un considerable desperdicio de los minerales, y la coyuntura de la guerra de la Independencia. Esta última significó un gran quebranto en la economía general del país. Desaparecidos muchos de los empresarios españoles, eran muy pocas las personas que disponían de los capitales necesarios para la explotación. La guerra también había desorganizado el comercio y la provisión de azogue, sin cuyo empelo no era posible la refinación de los minerales de plata.

Todas esas circunstancias negativas hacian bastante ilusorias las esperanzas de que aprarecieran personas interesadas en la compra de las minas abandonadas que el Estado se proponía vender. Según el parecer contemporáneo (1827) de otro observador inglés, C.M. Rickets, cónsul de Inglaterra en Arequipa, el único procedimiento viable y práctico habría consistido en la entrega gratuita de las minas con la condición de que sus nuevos propietarios se comprometiesen a no transferirlas y a pagar unas regalías al Estado. El mismo Rickets preveía que grandes dificultades se opondrían al desarrollo del comercio, porque el gobierno de Bolivia carecía de reconocimiento formal y definitivo de las provincias argentinas. Por otro lado, las relaciones con el Perú no eran armónicas y mientras Bolivia carecía de un puerto adecuado sobre el Océano Pacífico, estaría sometida a pagar los elevados impuestos establecidos para las mercaderías que se importaban por el de Arica.

Mientras tanto, el comercio interno era insignificante y su rendimiento al Erario no podía ser tomado en consideración. Provenía sobre todo de las ventas de la coca y de una no importante cantidad de tejidos de algodón y lana, cuyos precios resultaban superiores a los de los paños ingleses o norteamericanos.

De cualquier manera, a pesar de que el país salía del desbarajuste causado por la guerra, sus disponibilidades financieras podían dar pie a una situación fiscal bonancible, puesto que los gastos del Estado eran inferiores a sus ingresos.

A.C.R




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