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Volver a: II El Caudillismo Y Sus Causas

A pesar de sus dimensiones y el poco impacto que tenían las asonadas militares en la estructura económico-social del país, este ejército consumía alrededor del 50% de la renta nacional, el elevado numero de jefes y oficiales promovidos por su participación en los constantes golpes de estado, abultaban el presupuesto castrense. Fuera de los recursos fiscales era práctica rutinaria el cobro a la población de “contribuciones” forzosas o la expropiación directa de productos y ganado para las tropas.

En cuanto a la organización misma del ejército esta era precaria, pues carecía de mando centralizado y disciplina, según especialistas en el tema debía hablarse de los ejércitos y no del ejército para esta época. Si bien existía una estructura formal como la describe Dalence líneas arriba, las fracciones producto de sucesivas quiebras, se aglutinaban alrededor de carismáticos caudillos, que encarnaban los interese de las clases que componían el bloque social dominante, llegando a ser un instrumento de movilidad social para mestizos y blancos venidos a menos que componían el ejército, no así para los indios que se hallaban excluidos del reclutamiento.

Sin embargo, esta funcionalidad del ejército a los intereses de las élites dominantes, compuestas fundamentalmente por mineros, terratenientes y grandes comerciantes, se veía sacudida por las contradicciones en las que se envolvían las clases dominantes; estas grietas en el bloque social dominante, permitieron cierta autonomía a los militares para que pudieran apropiarse directamente del excedente que generaba el monopolio estatal sobre la compra de la plata. Como se anota el papel represivo del ejército se vio relegado, frente a la posibilidad de “mediar en las relaciones internas del bloque dominante” (Dunker ley 1987:23). Esta situación de privilegio llevo a algunos de los caudillos militares a eventuales alianzas y otras más duraderas con las clases oprimidas por el sistema. Las luchas de los aymaras del siglo pasado con objetivos propios coincidieron a veces con los movimientos de los caudillos para hacerse del poder, fue precisamente un Willka el que se presento ante Agustín Morales, en 1870 para ofrecerle los servicios de su ejército aymara, compuesto nada menos que por el considerable numero de 20.000 indios (Condarco 1983:83). Pero aun más importante fue la participación aymara en la vida política del país, apoyando junto al artesanado mestizo el proyecto populista que encarno el Belcismo.
La pugna entre militares y civiles no fue precisamente la de mayor importancia ni la que movilizo al conjunto de la sociedad, se ha pretendido un “civilismo” para el siglo XIX a partir de la presencia de José María Linares (1857-1861) en el poder. El caudillo civil utilizo para su ascenso al poder todas las estratagemas que sus colegas militares empleaban, comploto constantemente, movilizo tropas y derroto en combate a las huestes de su antecesor militar Jorge Córdova, de modo que el paso de este civil por el gobierno no altero las practicas políticas de la época.

Los civiles –nos referimos a la élite criolla- no fueron capaces de crear opciones de poder al margen de los tradicionales golpes de estado de los que participaban activamente buscando un puesto en el gabinete del nuevo gobernante, el caso de Casimiro Olañeta es sumamente ilustrativo para efectos de demostración .




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