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MITOS Y LEYENDAS

La leyenda del Gran Paitití

En las regiones del Moxos, el Gran Paititi era jefe de una tribu. Este acostumbraba embadurnar su cuerpo desnudo, con oro en polvo, luego se sumergía en una launa de aguas transparentes.

La tribu habitaba una ciudad en la que todas las casas, las calles y los palacios eran de oro.
Un día el jefe en forma repentina desapareció de la selva para siempre. Los pobladores de la tribu tenían la creencia de que el jefe permanecía en el fondo de la laguna, convertido en una estatua de oro. Cuando los españoles llegaron a la América esta noticia despertó gran interés entre los conquistadores, que en cada lugar pedían informaciones a los aborígenes sobre las ingentes riquezas de los Moxos.

Nadie hasta el presente ha podido localizar al “Gran Paititi”.

El Jichi de Iserere

Era un extenso yomomo, lugar húmedo y fangoso donde el transeúnte puede undirse si camina desprevenido. Los vecinos habían cavado allí un pauro, nombre que se da al pozo de agua o vertiente, en donde se aprovisionaban del líquido para el consumo diario.

Una tarde, una mujer acompañada de su hijo fue al pauro a recoger agua. Lleno su cántaro y luego lo coloco sobre su cabeza y cuando se disponía a regresar su camino, advirtió que su hijo ya no iba a su lado; había desaparecido misteriosamente.

Le busco por todo lado creyéndose victima de una jugarreta del pequeño y al no encontrarlo, desesperada comenzó a gritarle por su nombre:

¡¡Isirereééé!!... ¡¡Isirereééé!!.............

En principio no tuvo respuesta: pero luego escucho que el niño contestaba aterrado, desde el fondo del yomomo.

¡¡Mamá!!........... ¡¡Mamá!!...........

Y mientras la madre mas desesperada gritaba, la voz mas se alejaba como si la persona fuera sumergiéndose mas, hasta que llego el momento en que se perdió la voz y cundió solo el silencio. Un terrible silencio…

De ese modo se formo la laguna, que es “un encanto”. Tiene por Jichi al niño que se llamaba Isirere.

La Leyenda de Pa-Pat

Pa-pát era una poderoso cacique de la antigüedad, tirano conductor de su pueblo, cuya palabra era ley, a la que ningún súbdito se atrevía a desobedecer; que dio en el vicio de una singular antropofagia. De apostura apolínea, hermoso como un titán, diestro en el lanzamiento de la saeta, la lanza y el manejo del puñal. Adornaba su figura con bellas plumas de los esplendidos pájaros autóctonos y nade como el para susurrar requiebros y cánticos de amor en las orejas de las montaraces huríes de su tribu.

Toda mujer subyugaba por su encanto se hartaba con el de amor, de caricias y de sexo. Llegaban a el hambrientas ya poco quedaban ahítas. El cual un perdonavidas, escogía sus favoritas entre las preclaras bellezas indias. Para guardarlas mejor, circundaba su choza imperial de una empalizada de resistentes troncos. Del serrallo agreste, defendido y resguardado por innúmeros guerreros, huir era imposible, pero las mujeres misteriosamente desaparecían una a una.

El cacique, insatisfecho siempre, mandaba emisarios a las tribus cercanas, para trocar regios presentes con mujeres hermosas.

El cacique more, Pa-pat, también tenia otro afán; la cacería; y un día abandono su choza imperial para seguir las huellas de un par de leopardos que acechaban la aldea. Dicen, tardo mucho tiempo en la persecución de las presas, de aguada en aguada, de sendero en sendero, mientras en la aldea abandonada, las mujeres se aburrían añorando a su lascivo cazador y señor de la tribu.

Algunos indígenas se habían quedado en la aldea para resguardar a las hembras. Ellos, un día descubrieron restos de mujeres que el cacique Pa-pát no había alcanzado a devorar. El secreto estaba develado; Pa-pát, “hombre cruel y sanguinario se comía a sus mujeres, por lo cual, cada vez desaparecían y las reemplazaba con otras”

Al saberse la verdad, las mujeres aterrorizadas huyeron en tropa y cuando dos días de caminata las separaba de la aldea, regreso el cacique antropófago, hambriento de carne humana.

Pa-pat fue aislado como fiera sanguinaria. Pasado un corto tiempo, Pa-pat el cacique, demente necesitado de carne humana, con su único hijo en brazos, se interno en los senderos del boscaje, persiguiendo a las hembras que huían despavoridas del caníbal.

Falto de mujeres y ya enviciado a comer carne humana, devoro al único hijo que le acompañaba y termino comiendo sus propias carne, pedazo a pedazo, hasta quedar esquelético. Desprendidas las carnes flácidas y los nervios, estos dieron origen al primer macollo de tacuaras, erizadas de espinos, que ellos conocen y nombran “pa-pat”; cuando sopla un fuerte viento de tormenta, el tacuaral silba y es que Pa-pát llama a las mujeres le huyen.




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